El tren había sido una jaula traqueteante de hierro y hielo, un grito de metal que resonó a través de la tundra desolada durante días. Cuando las puertas finalmente gimieron al abrirse en el borde del mundo, el frío no solo golpeó a Anya; la invadió. Era un peso físico, un vacío blanco que borraba el horizonte y robaba el aliento de sus pulmones.
Fue empujada fuera del vagón hacia un banco de nieve que le llegaba a las rodillas, mientras las risas de los guardias sonaban como cristales rotos en el aire congelado. A su alrededor, otras mujeres —de mejillas hundidas, ojos vacíos— tropezaban bajo la luz gris del Gulag. Este era el final del mapa. Aquí era donde los nombres eran reemplazados por números y la esperanza era un lujo que podía costarte la vida.
Anya cayó. Sus botas, gastadas en las suelas, no ofrecían agarre sobre el permafrost resbaladizo. Mientras yacía allí, con el viento azotando su delgado abrigo, una mano se extendió.
Era una mano pequeña, con los dedos azules por el frío, pero el agarre era sorprendentemente firme. Anya miró hacia arriba y encontró un par de ojos que reflejaban su propio terror, pero que contenían un destello de algo más: una terquedad silenciosa y obstinada.
—Levántate —susurró la chica, con una voz que era un hilo rasposo—. Si te quedas ahí, te dejarán para los lobos.
Anya dejó que la desconocida la pusiera de pie. Durante un latido, permanecieron unidas, dos fantasmas frágiles en un paisaje de hierro y escarcha. La chica no la soltó inmediatamente; se acercó, y su aliento fue una pequeña nube de calor contra la mejil la de Anya.
—Soy Elena —murmuró.
En ese momento, entre los ladridos de los perros y los gritos de los guardias, el mundo se redujo al tamaño de aquel único aliento compartido. Anya no sabía hacia dónde iban ni si sobrevivirían a la primera noche, pero al mirar a Elena, sintió una sensación extraña y peligrosa. Por primera vez en meses, no se sentía completamente sola.
Los guardias gritaron para que avanzaran. La fila surgió hacia adelante, arrastrándolas hacia el alambre de espino y los barracones de piedra gris. Pero mientras marchaban, sus hombros se rozaron: un contacto tentativo y rítmico que se sentía como un lenguaje secreto en un lugar donde el silencio era la única seguridad.